
Artículo de nuestro compañero Antonio Serrano en la Revista Sistema
El artículo pasado de esta Sección lo iniciábamos haciendo referencia a la relegación de las políticas de protección de la naturaleza en el actual marco de fuertes turbulencias derivadas de las sucesivas crisis globales que están azotando al planeta, que, tras la invasión de Ucrania, tienen efectos acumulativos sobre un mundo en cambio global, con la inmensa mayoría de la población sufriendo unas consecuencias gravemente negativas, entre las que no son menores los riesgos de hambrunas y sus consecuencias desestabilizadoras internas y externas (migraciones).
Reiterábamos que el mantenimiento de la salud y bienestar de las personas no puede lograrse si no es en el marco de una naturaleza sana y sostenible que mantenga su biodiversidad y proporcione los adecuados servicios de los ecosistemas como soporte de esa salud y bienestar. Y culminábamos el artículo concluyendo que la priorización y puesta a disposición de medios y presupuestos para conservar la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas, ni están ni se les esperan más allá de regulaciones o propuestas que, después, son imposibles de implementar o gestionar por falta de los recursos necesarios; lo que nos llevaba a una situación de riesgos crecientes ambientales, que terminan convirtiéndose en socioeconómicos y de ruptura de equilibrios geoestratégicos.
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