
Artículo publicado por nuestro compañero Kois en Climática
Un conocido experimento de psicología social introducía a dos personas completamente normales en la misma habitación. Previamente les habían dicho, a cada una por separado, que iban a sentarse junto a alguien extremadamente violento, pero que no se preocuparan porque era un entorno controlado y el equipo de investigación estaba atento ante cualquier imprevisto que pudiera suceder.
Al estar fuertemente condicionadas por los prejuicios, acudían al encuentro en estado de alerta y dispuestas a interpretar cualquier gesto como una amenaza de agresión. El resultado era previsible, las parejas entablaban conflictos de forma muy rápida. El diálogo y la colaboración se tornaban imposibles por las ideas preconcebidas con las que llegaban a ese encuentro. No resulta exagerado afirmar que existe una desconfianza similar entre las administraciones públicas y las entidades sociales o los tejidos comunitarios.
Una lógica que debemos cortocircuitar para salvaguardar la democracia y adaptarla a las exigencias que demandan las transiciones ecosociales. La cooperación público-comunitaria puede ser la llave que abra las puertas que todavía no existen, y nos llevan hacia las inaplazables transformaciones de nuestro modelo socioeconómico. Una fórmula con alta potencialidad transformadora que busca fortalecer de forma combinada la acción directa y la institucional. Un marco de relación en torno al que desarrollar políticas públicas no estadocéntricas y construir una autonomía que no reniegue de interactuar y coproducir con el Estado, como plantea el reciente informe que hemos elaborado desde el Foro Transiciones.
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