
Artículo de nuestro compañero Antonio Lucio en EL DIARIO
Al llegar a Constantina, por la carretera que viene de Djamila, atravesando los paisajes de la Kabila, lo primero que te encuentras es un tranvía, de aspecto moderno y eficaz, que conecta la zona universitaria, en los márgenes occidentales de la ciudad con su núcleo tradicional.
Esta ciudad del oriente argelino, la tercera del país en población, tras Argel y Orán, está rodeada de un halo de leyenda. Se la presume la Cirta, capital de la Numidia de Yugurta, que fuera arrasada por Majencio, para ser reconstruida por Constantino. En ella está enterrado Abd al-Qádir, héroe de la patria, símbolo de la resistencia contra el invasor francés y es la ciudad natal del reformador del islam Ibn Badis, inspirador de la identidad nacional. Levantada sobre un promontorio imposible, excavado entre los desfiladeros y las gargantas del río Rumel, sobre este paisaje único la ingeniería francesa hizo un ejercicio de virtuosismo tendiendo puentes entre las distintas plataformas rocosas, separadas por profundidades y quebradas. Hoy es conocida como “la ciudad de los puentes”.
El contraste de su tranvía y de su monumentalidad me hace recordar la conversación que tuve antes de partir de viaje con un amigo argelino, muy atento a las cuestiones políticas y con sensibilidad e inteligencia para mirar más allá de estas. Me hizo saber que lo que más admiraba de nuestro país, de España, era cómo habíamos sabido modernizarnos respetando nuestro patrimonio histórico y cultural. Me sorprendió. Es cierto que tenemos razones para el orgullo por este patrimonio. Pero no puedo dejar de tener presente reflexiones críticas, ya clásicas, sobre todo ello, como la de Chueca Goitia (“Las ciudades históricas y la destrucción del legado urbanístico español”, 1977). En todo caso, a veces desde fuera se tiene una mejor perspectiva sobre este tipo de procesos.
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