
Artículo de nuestro compañero Fernando Prats en CTXT
Los pilares que sostuvieron los grandes acuerdos posteriores a la Segunda Guerra Mundial están siendo desmantelados por la irrupción de un nuevo ciclo histórico. Todo cambia y algunos factores clave –como la ética, la geopolítica, la tecnología y el desbordamiento de los límites biofísicos del planeta– están transformando el mundo y plantean desafíos de alcance existencial.
El futuro ya no puede entenderse como una simple prolongación del pasado, sino como un tiempo nuevo marcado por cambios profundos y crisis interrelacionadas.
En el contexto de lo que algunos denominan “la gran crisis”, el trumpismo se configura como referente de una ofensiva autoritaria –con rasgos neofascistas– del capital extremo estadounidense, apoyado por una fuerza militar abrumadora para imponer sus intereses a escala global. Todo ello se expresa con claridad en la Estrategia de Seguridad Nacional y la amenaza imperialista ya se ha desplegado en Venezuela y se proyecta sobre otros países como Cuba, Colombia, México o Irán, pero también sobre Europa.
Sin embargo, los dirigentes europeos parecen no descifrar todavía que la aspiración a hacerse con Groenlandia, el desmembramiento de la Unión Europea y la colonización cultural y económica del continente, constituyen objetivos clave para los Estados Unidos de Trump.
En ese marco, los partidos autoritarios capitalizan la frustración social mediante relatos identitarios, xenófobos y autoritarios que, al negar la relación estructural de la crisis con las lógicas de un capitalismo salvaje y la gravedad de la crisis ecosocial, culpan de la situación a la cultura europea, al liberalismo democrático, a la inmigración, al feminismo, al ecologismo o a la diversidad cultural.
Tampoco es posible entender la situación actual en Europa sin imputar el fracaso de unas instituciones y partidos políticos tradicionales que han generado una profunda desconfianza de amplios sectores de la población. De hecho, tienen una dependencia fáctica del gran capital y seria responsabilidad en el aumento de las desigualdades sociales y la corrupción, en su alejamiento de los problemas de la gente corriente o en la incapacidad para afrontar un nuevo ciclo histórico que se intuye extremadamente amenazador.
El despliegue de un proyecto europeo renovado, capaz de abordar con decisión sus desafíos, se convierte así en una condición indispensable para hacer frente a las opciones nostálgicas y autoritarias de las extremas derechas y para recuperar el respaldo social a una democracia renovada que priorice las necesidades vitales de la población y la preservación de la vida en el planeta.
Cinco temas que enmarcan la crisis del proyecto europeo
1. Déficits institucionales, fragmentación y derechización política
La Unión Europea, más allá de sus déficits operativos y democráticos, se encuentra sometida a intensas dinámicas de fragmentación y derechización y afronta los retos descritos profundamente debilitada. En seis de sus veintisiete Estados miembros, la extrema derecha forma parte de los gobiernos centrales y, en otros dos, ejerce una influencia decisiva. Además, en los próximos años, países como Alemania, Francia, España, Austria o el Reino Unido podrían contar con ejecutivos configurados por fuerzas conservadoras y ultraderechistas.
La UE, más allá de sus déficits operativos y democráticos, se encuentra sometida a intensas dinámicas de fragmentación y derechización
Más allá de que este giro ya está generando políticas contrarias a los derechos humanos –especialmente en materia migratoria–, las extremas derechas europeas crecen, se aproximan a Trump y/o a Putin y apuestan frontalmente por nacionalismos autoritarios funcionales a un capitalismo radical, posiciones xenófobas y patriarcales, la desprotección de los más vulnerables, el negacionismo climático y un “gran reseteo” orientado a disolver las estructuras políticas de la Unión.
La situación es crítica, altamente polarizada y la movilización activa de la población frente a las narrativas distópicas se convierte en un factor fundamental para evitar una versión actualizada de acontecimientos dramáticos de la historia europea.
2. Contradicciones estratégicas y enfrentamiento con Estados Unidos
Una Europa vulnerable y carente de visión estratégica ha transitado de forma contradictoria a lo largo de los últimos quince años: desde un neoliberalismo extremo durante la Gran Recesión, a un keynesianismo coyuntural en la pandemia, para acabar proponiendo un tecnocapitalismo capaz de competir con las grandes corporaciones estadounidenses y chinas.
Merece la pena señalar que la propuesta de Mario Draghi (2024), celebrada por amplios sectores de las élites europeas, apuesta por promover grandes plataformas tecnológicas similares a las estadounidenses. Sin embargo, su planteamiento elude su estrecha vinculación con la deriva autoritaria en aquel país, el aumento de las desigualdades sociales que generan, sus impactos medioambientales y el hecho de que, incluso, están siendo sancionadas en la propia Unión por sus conflictos con la democracia y los derechos sociales de los europeos.
Debilitada por sus contradicciones internas y por la incapacidad de calibrar la magnitud del cambio, Europa ha venido cediendo ante la ofensiva trumpista con una mezcla de indecisión, apaciguamiento y vasallaje. En menos de un año, Estados Unidos ha impuesto aranceles significativos, ha forzado el aumento de los presupuestos de defensa, ha exigido exenciones fiscales, ha requerido compras masivas de energía y armamento, ha presionado para desmantelar regulaciones que protegen derechos sociales, se ha realineado con Rusia en Ucrania y ha amenazado con apoyar a la extrema derecha para desmembrar Europa.
Tras la agresión a Venezuela, la Casa Blanca también ha amenazado con apropiarse a toda costa de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca –país miembro de la Unión y fundador de la OTAN–, y ha comenzado a presionar en múltiples direcciones, incluida la acción militar, por ahora pospuesta.
Conviene no perder de vista que la “fortaleza de Trump” depende en gran medida de la sumisión de sus víctimas y ha llegado el momento de que Europa considere iniciativas políticas, económicas y comerciales contempladas en el “instrumento anticoerción”, con capacidad de erosionar las propias líneas de flotación del trumpismo.
De hecho, la última renuncia al uso de la fuerza en la isla y a la implementación de nuevos aranceles, está relacionada con reacciones negativas en las inversiones, en los mercados de bonos del tesoro, en el comportamiento de las bolsas, en el distanciamiento –constatado en Davos– de antiguos aliados y en el auge de las luchas ciudadanas en el propio Estados Unidos.
En todo caso, lo más relevante es la necesidad de asumir que el imperialismo de Estados Unidos se ha convertido en el principal adversario estratégico de la Unión Europea al protagonizar la mayor agresión existencial desde su constitución.
Resulta fundamental abrir un debate social amplio sobre lo que ello implica, exigir la clarificación de las posiciones de las extremas derechas ante la agresión estadounidense y favorecer la activación política de la ciudadanía, cuestión clave para afrontar los desafíos actuales.
3. Guerra y paz en Ucrania
El seguidismo respecto a Estados Unidos y la ausencia de una política de paz genuinamente europea han dificultado la construcción de un sistema de seguridad compartida que debería haber evitado una escalada bélica con Rusia. La invasión de Ucrania constituye una violación inaceptable del derecho internacional y ha provocado cientos de miles de muertos y heridos desde 2022.
Al mismo tiempo, no puede ignorarse el incumplimiento reiterado de los compromisos adquiridos en los años noventa, cuando la OTAN garantizó a Rusia que no se expandiría hacia el este. Resulta recomendable revisar la intervención ampliamente documentada La geopolítica de la paz de Jeffrey Sachs –profesor de la Universidad de Columbia y testigo excepcional de aquellos hechos– ante el Parlamento Europeo en 2025.
El abandono del proyecto de un Sistema Europeo de Seguridad “de Lisboa a Moscú”, recogido en la Carta de París (1990-91), constituye un error histórico cuyas consecuencias se agravan hoy ante la nueva entente entre Washington y Moscú. Sin un compromiso real de los europeos –incluida Rusia– para superar desconfianzas y construir un marco integral de seguridad común, cualquier alto el fuego en Ucrania corre el riesgo de convertirse en una “paz fría”, preludio de nuevos conflictos.
De nuevo, el debate social sobre Ucrania, la guerra y la paz o la defensa autónoma europea y la redefinición de la OTAN, se revela como una cuestión crucial para evitar la creación de un clima prebélico que pueda desembocar en una guerra evitable.
4. Rearme, retroceso social y crisis ecológica
Las actuales dinámicas de rearme impulsadas desde las instituciones europeas pueden conducir a cometer un error histórico. Frente a una más que improbable guerra –ni Rusia posee las capacidades para vencer a una Europa coaligada, ni Estados Unidos cedería su relación privilegiada con la mayor área comercial del mundo– los europeos debieran priorizar la vía diplomática en busca de la paz y centrar la capacidad disuasoria en la optimización de una coordinación real de la defensa común.
Lo cierto es que el incremento del gasto armamentístico impulsado por Trump y Von der Leyen fomenta una cultura ofensiva militarista –existen altos mandos de la OTAN que ya justifican la iniciativa de un ataque preventivo a Rusia– hipoteca el futuro y erosiona, entre otras, políticas sociales y ecológicas fundamentales para la propia seguridad existencial regional y global.
Según el Instituto Bruegel, la disuasión militar que propone la presidenta de la Unión exigiría reclutar cientos de miles de soldados adicionales y destinar en torno a un billón de euros en apenas cuatro años, sin contar los recursos ya comprometidos desde 2022. Estas cifras contrastan con las enormes necesidades sociales existentes: millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión y una urgente necesidad de inversión en vivienda, cuidados y servicios públicos.
El rearme también tendría un impacto crítico sobre las políticas energéticas y climáticas. La Agenda Verde europea pierde pulso justo cuando informes oficiales alertan del grave retraso en el cumplimiento de los objetivos ambientales para 2030. Apostar por el rearme implica debilitar las estrategias de descarbonización, renaturalización y adaptación ecológica, fundamentales para la preservación de la vida conocida en Europa y en el mundo.
Los principales dirigentes europeos ya han empezado a proclamar que el esfuerzo del rearme no es compatible con mantener el Estado de Bienestar y el presupuesto 2028-2034 de la Unión multiplica por cinco la partida de defensa y reduce en un 30% y un 20% las destinadas a la agricultura (PAC) y a los Fondos de Cohesión, respectivamente.
5. Pérdida de influencia internacional
La ausencia de un proyecto geopolítico europeo acorde con los nuevos tiempos, la subordinación a Estados Unidos y la doble moral mostrada en Gaza en comparación con Ucrania han puesto en evidencia las contradicciones entre los valores proclamados y los practicados por la Unión Europea. Su tibieza ante la intervención en Venezuela y sus vacilaciones en Groenlandia, devalúan aún más su reputación y capacidad de incidir en los asuntos mundiales.
Despreciada por Trump a la hora de promover su grotesca “Junta de la Paz”, la Unión no consigue aclararse en sus relaciones con Latinoamérica –25 años enredada en Mercosur–, se acerca a la India pero no consigue entenderse con China y el emergente Sur Global, ni con las iniciativas destinadas a reformar, con criterios democráticos, las Naciones Unidas y las instituciones globales de gobernanza multilateral.
La necesidad de alumbrar nuevos paradigmas y escenarios de futuro
Es necesario afrontar que lo que subyace en la crisis actual es el agotamiento de un ciclo histórico y que ya no se trata de recuperar las mismas lógicas que, al menos en Occidente, han desembocado en una ofensiva distópica del capitalismo extremo. Ha llegado el momento de pensar en posibles líneas maestras de unas transiciones hacia otros futuros capaces de superar las contradicciones que amenazan con destruir las bases de existencias dignas, convivencias en paz y ecosistemas que preserven la vida en la Tierra.
Todo apunta a que esas líneas maestras habrían de contemplar, al menos, tres frentes interrelacionados: la reconfiguración de una ética cosmopolita acorde con los retos sociales y vitales actuales; la resistencia a la ofensiva frontal que ha iniciado el capitalismo radical contra personas, comunidades y países; y la formulación de nuevos valores, paradigmas y escenarios –contrarrelatos civilizatorios – que abran perspectivas hacia otros mundos posibles.
La situación requiere que estos tres frentes se articulen en torno a una cultura común de las transiciones, aún incipiente, que también habría de ir reconfigurando y democratizando las propias instituciones internacionales y europeas.
Reconfigurar una ética cosmopolita acorde con los nuevos tiempos
La reconfiguración de una ética cosmopolita acorde con los nuevos tiempos exige enfrentar las raíces más destructivas que subyacen en culturas dominantes, especialmente –aunque no exclusivamente– en Occidente y que, en determinadas coyunturas, afloran y amenazan a la humanidad.
Ello implica reconocer qué valores de profundo alcance civilizatorio, surgidos de los pactos posteriores a la Segunda Guerra Mundial –los Derechos Humanos, las libertades, la justicia o la democracia– se han ido erosionando frente al auge del individualismo, la acumulación de poder y riqueza más allá de los límites biofísicos, el consumismo indiscriminado, la vuelta del patriarcado, la entronización de la tecnociencia, la explotación y la violencia como formas de dominación o el antagonismo con el diferente, de manera singular con las personas migrantes.
No puede ignorarse que, como fruto de todo ello, asistimos hoy a un auge de iniciativas que promueven la falsedad, la crueldad y la deshumanización, que deben ser desenmascaradas y combatidas.
Más allá de que esa ética existencial, solidaria y ecodependiente, nunca ha desaparecido en culturas alejadas del poder, resulta especialmente interesante el discurso de Mark Carney, primer ministro de un país rico como Canadá, pronunciado en Davos (2026). En él reconoce que el primer paso para resistir conjuntamente al imperialismo de Trump debe basarse en admitir que los grandes principios se han aplicado en beneficio de los más poderosos y en aceptar como requisito moral ineludible que la distancia entre la retórica y la realidad es una constante histórica, verificable e inaceptable. Reconstruir un soporte cultural alternativo junto a los que han sufrido esa injusta asimetría resulta esencial.
Apoyar las resistencias y reivindicaciones sociales frente a la ofensiva del gran capital
Es necesario reconocer que las consecuencias de las ofensivas del capital sobre personas, comunidades y sistemas ecológicos vitales, constituyen uno de los factores claves de la degradación democrática que ha alimentado el descontento popular y el fortalecimiento de las extremas derechas en Occidente.
La cuestión es que, aun siendo ya graves en el presente –salarios incompatibles con los aumentos del coste de la vida, acceso prácticamente imposible a bienes básicos como la vivienda mercantilizada, entre otros– estas ofensivas se multiplicarán en los próximos años como resultado de la combinación de varios factores: el autoritarismo y militarización de los conflictos; la fuerte implementación de la inteligencia artificial y su extraordinaria incidencia moral y laboral; la creciente inhabitabilidad del planeta; y la emergencia de un posthumanismo que aspira a transformar los propios procesos evolutivos de la humanidad favoreciendo a los “nuevos amos del mundo”.
Conviene no perder de vista que, en un periodo marcado por grandes conmociones como la Gran Recesión (2010-2015) y la pandemia (2020-2023), la movilización social en Europa ha sido muy significativa. Desde el movimiento de los indignados (2010-2015) hasta las protestas contra el genocidio en Gaza (2025), pasando por el activismo de Fridays For Future (desde 2019), las multitudinarias movilizaciones feministas, las iniciativas populares para regularizar inmigrantes (España 2024/26) o las recientes protestas multitudinarias por el acceso a una vivienda asequible en numerosas ciudades europeas.
Estas expresiones de protesta apuntan desajustes profundos del sistema social, aunque sus logros efectivos no hayan logrado introducir cambios sustantivos en las lógicas socioeconómicas de fondo que imperan en el continente.
En todo caso, “las resistencias y reivindicaciones” se convierten en un factor clave de los próximos tiempos, no solo para evitar retrocesos sociales de envergadura sino también para alimentar la construcción colectiva de futuros alternativos.
Nuevos paradigmas y escenarios de futuro
Escribe el historiador Yuval. N. Harari en Homo Deus que quien domina los relatos sociales define el “sentido común” hegemónico en cada época y determina las claves del futuro. Pocas dudas caben de que las tendencias actuales impulsan procesos de desestabilización general en los que confluyen crisis cada vez más intensas con una clara tendencia al colapso del sistema civilizatorio vigente.
Por ello resulta crucial hacer frente a la ofensiva distópica y deshumanizada del trumpismo, mediante la construcción de nuevos paradigmas y contrarrelatos sociales que proyecten visiones de futuro que posibiliten vidas dignas y justas en entornos ecosociales sostenibles. En esa pugna por la hegemonía cultural, resulta fundamental que la acción ciudadana dispute activamente el sentido del cambio de ciclo histórico.
En ese marco, el reto es doble, ya que elaborar narrativas generales para un cambio de época requiere una extraordinaria creatividad democrática que debe construirse como una brújula común, dinámica y plural, capaz de acoger y dar sentido a diversas sensibilidades e intereses populares.
Una aproximación sencilla y pragmática a esa “utopía factible” de amplio espectro sociopolítico y vocación transformadora integral, podría formularse de forma sencilla en torno a grandes temas capaces de articular un universo de aspiraciones: democracias renovadas que centren su prioridad en garantizar vidas dignas; economías realineadas con las necesidades sociales y los límites ecológicos; tecnociencias reorientadas al bienestar común y la resiliencia ecosocial; redes biorregionales y comunidades resilientes; e instituciones democratizadas, seguridad, paz, autonomía –sin interferencias externas– y una responsabilidad internacional justa y compartida.
¿Está todavía abierto el futuro?
La pregunta es pertinente, ya que el factor clave que condiciona la respuesta, más allá de las crisis sociopolíticas, tiene que ver con la rápida desestabilización de la biosfera y la vida, mientras la ventana de oportunidad continúa cerrándose sin que se tomen decisiones que pudieran permitir reconducir dichas dinámicas.
Sin embargo, nada está definitivamente escrito. Junto a esa realidad, existen otras que han de considerarse. Las contradicciones existenciales continuarán agravándose y reclamarán cambios urgentes y en profundidad que hoy parecen imposibles; el ejemplo negativo más evidente es el trumpismo y, el positivo, las movilizaciones de Serbia o, en el ámbito local, el triunfo electoral de Mamdani en Nueva York.
El potencial transformador de una amplia exigencia social, lúcida y activa, puede llegar a incidir de forma significativa en momentos del proceso de desestabilización general. Y, en cualquier caso, luchar por un futuro civilizado siempre es mucho mejor que ceder a la hegemonía de un capitalismo autoritario que, sin duda, conduce a los peores escenarios imaginables.
Reconstrucción ética, resistencia proactiva frente a la ofensiva distópica y confluencia social en torno a un proyecto alternativo de futuro, aparecen, así, como factores fundamentales a la hora de enfrentar los tiempos que vienen. Lucidez, ambición y determinación, serán necesarios para tratar de orientar el cambio histórico hacia sociedades más sobrias y solidarias, capaces de albergar sentidos de existencias más plenos y compatibles con el sostenimiento de la vida natural de la que dependemos.
